Kyoto

De todas las ciudades japonesas, Kyoto es la que mantiene el espíritu nipón casi intacto. No sólo por el hecho de que históricamente es una de las ciudades más ricas, sino que tuvo la suerte, para ella y para nosotros también, de no sufrir muchos bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, y por ello los templos, castillos, palacios y edificios antiguos siguen en pie. Kyoto fue la capital del imperio por muchos siglos, de 794 a 1868, y gracias a esto es tal vez el centro cultural de Japón. Esto se refleja en la arquitectura y también, y de forma más palpable, en la vida cotidiana de la población. Caminar por entre los numerosos canales y pintorescas calles de la ex capital observando las costumbres de la gente es un paseo que los podrá llevar a tiempos remotos de la vida japonesa. Se puede ver a mujeres con sus kimonos arreglando los diminutos bonsáis que adornan la entrada de sus casas, un local donde un anciano está preparando “tatami”, una geisha desganada que se dirige a su cita de la tarde, una pareja disfrutando, como es costumbre desde hace siglos, de un cálido y acogedor atardecer en el banco de un parque a orillas del río Kamo, que atraviesa la ciudad. La primera impresión de Kyoto puede ser desalentadora porque se ven muchos edificios y torres modernas. Hoteles de última generación y estaciones futuristas hacen creer que Kyoto es una ciudad como cualquier otra de Japón. No hay que asustarse, esto sólo demuestra que Kyoto no escapó al creciente modernismo. Pero supo mantener sus tradiciones y costumbres y no dejó que éstas sucumbiesen ante el arrasador progreso. La frágil arquitectura de Kyoto, caracterizada por el empleo de la madera, siempre se vio amenazada por el fuego, los terremotos y por el hombre mismo, que reconstruía sus edificios una y otra vez. Kyoto combina la modernidad y el pasado de una forma exquisita, y resume lo que es Japón en el siglo XX y comienzos del XXI. Esta ciudad es imperdible para cualquiera que visite el país.

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